Wednesday, January 13, 2010

Un pedacito de Memorias de la rosa...


Lourdes Ventura comenta:

Atraviesan por estos recuerdos los temblores de los desencuentros y reconciliaciones del matrimonio, las humillaciones del entorno aristócrata, las infidelidades del escritor...

En 1930 Antoine de Saint-Exupèry fue presentado en Buenos Aires a la salvadoreña Consuelo Sucin, viuda de Gómez Carrillo; en ese mismo instante, y sin mediar apenas conversación la invitó a subir a su avión, y en pleno vuelo soltó la palanca de mando y exigió un beso a la aterrada latina que acabó accediendo ante el pánico de ver el morro del avión dirigirse en picado hacia el mar. Acto seguido el aviador y escritor francés le pidió a Consuelo que se casase con él. “Usted se viene a mi avión para ver el Río de la Plata desde las nubes! ¡Verá una puesta de sol como no puede verse en ningún otro sitio!”, le había dicho Saint-Exupèry en el hotel donde se acababan de conocer unas horas antes.

Este es uno de los pasajes que relata Consuelo de Saint-Exupèry en Memorias de la rosa, un libro que recorre las tormentosas relaciones entre el autor de El principito y la cosmopolita salvadoreña, que había sido viuda del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, también escritor, cónsul de Argentina en París y casado anteriormente con Aurora Cáceres y Raquel Meller.

Consuelo Sucin compartió con su primer marido la amistad de Gabriele d'Annunzio y Ricardo Viñes el pianista, y alternó, al contraer matrimonio con Exupèry, con Gide (que la detestaba), con Breton, Picasso, Dalí, Denis de Rougemont (que la consolará de sus crisis matrimoniales) o André Maurois; pero a pesar de su imagen exótica, ha sido hasta fechas recientes una figura borrosa para los biógrafos de Saint-Exupèry. En parte, porque el propio aviador había escapado de ella durante largas temporadas en las que convivió con otras mujeres, y en parte, porque los familiares y amigos del autor de Correo Sur y Vuelo nocturno nunca llegaron a aceptarla y optaron por eliminarla de la escena a la hora de construir el mito de Saint-Exupèry.

Atraviesan por estos recuerdos narrados en forma novelada por Consuelo de Saint-Exupèry, los temblores de los desencuentros y reconciliaciones del matrimonio, las humillaciones del entorno aristócrata y aventurero (a ella la llamaban “la condesa de opereta”), las infidelidades del escritor, los accidentes aéreos de él que lo devolvían al hogar en condiciones lamentables, los abandonos constantes y las esperas de una mujer cada vez más herida.

Los editores y herederos de Consuelo de Saint-Exupèry, y también el biógrafo y escritor francés Alain Vircondelet, autor del prefacio, explican que estas memorias fueron escritas en 1946 por la viuda del famoso piloto y más tarde encerradas en unos baúles que han tardado cincuenta años en ser abiertos por los descendientes de la viuda de Saint-Exupèry. Algunos críticos franceses han dudado de la autenticidad de las memorias. A mi modo de ver, las reticencias son comprensibles ante este libro con estructura novelesca, entretenido, almibarado en ocasiones, con notable ausencia de datos sólidos, y casi siempre ligero, que tiene, a primera vista, todo el aspecto de haber sido amañado, o al menos, muy retocado. A pesar de tratarse de un relato autobiográfico, la voz de Consuelo Sucin, pintora, escultora, autora de cuentos y con una vida mucho más rica que su propia interpretación de lo vivido, no resulta del todo verosímil, pues no encontramos en su narraciones reflexiones a posteriori que ahonden en las convulsas relaciones sadomasoquistas de una convivencia bastante torturada y torturante.

Pero también es cierto que lo más interesante (y también lo más contradictorio y motivo de reflexión para las lectoras femeninas) de este recuento biográfico está, precisamente, en el relato de una mujer que se sentía condenada a permanecer cerca de un artista, a pesar del vapuleo y el desprecio, incapaz de encontrar los recursos necesarios para escapar de un amor al que, según Consuelo de Saint-Exupèry, estaban destinados, ella y el autor de El principito, para toda la eternidad.

Lourdes VENTURA

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