Sunday, May 8, 2011

Una nota de Roger Edgard




Tengo amigos de todas las edades y nacionalidades, artistas, poetas, escritores, cantantes, escultores,bomberos, policias, misioneros, sacerdotes y pastores, amas de casa, jardineros, cocineros, y pintores. Entre ellos tengo uno muy especial, prolifico escritor, maestro, alma gemela, alma vieja, mi querido y apreciado Roger Edgar que acaba de cumplir el 7 de Mayo (ayer) otro aniversario de vida, por esas casualidades de la vida comparte el mismo dia que mi adorada hermanita Rose Marie, otro ser especial y maravilloso.

Aqui comparto (sin su permiso) lo que ha escrito sobre lo que piensa y siente cuando se acerca la fecha que va marcando nuestro camino en el tiempo de nuestras vidas... y dice asi:


"Una suerte de orfandad se nutre en el alma muy pronto a la fecha cercana a cada cumpleaños, es como si uno se volviera a ver solo en el mundo, tal si cual volviera a nacer y de pronto estaría muriendo, y lo peor o mejor, observándolo siempre, no se sabe hasta cuando, a no ser que se tenga claro el día del fin. Cada cumpleaños, ya no recuerdo desde que momento, con suma tranquilidad y con un día de antelación, cancelo las líneas telefónicas y me adentro en mis cuarteles de invierno aun siendo otoño en esta parte del mundo, pues en tal fecha las llamadas telefónicas abundan precisamente ese día, que por suerte de memoria, evocación o nostalgia de pronto surgen los saludos, recuerdos y cortesías, gratificantes desde luego, pero muchas veces sorprendentes e inesperados, y que incluso desdicen algún parecer, y yo lo entiendo naturalmente.

A veces la llegada de la conmemoración del nacimiento es como asistir a una defunción, así la muerte sería el último cumpleaños de cada ser que nos acompañó en la vida. La muerte es también una suerte de nacimiento, pero hay quien no lo asume o no lo entiende así. Morir es volver a nacer, ya de manera diferente. Recuerdo la época universitaria cuando me saludaban incluso mis enemigos, hasta rivales amorosos, y yo no sabía si era por ironía –acaso la tenían–, señal de desprecio o tregua. Felizmente siempre tuve claridad de parte mía y así pude ver más allá de lo que el privilegio de la vista otorgaba, esa bendita sensibilidad a flor de piel, de la cual no me precio.

Los cumpleaños casi siempre traen a colación regalos y yo no puedo olvidar las impagables ofrendas de viejas amistades que hoy no están al lado mío pero su recuerdo permanece intacto tal cual la vida los presentó en su momento, Anandha Sindhu con la melodía de su guitarra al anochecer cuando yo era un ser a tan solo días en la vieja Lima; el sincero abrazo fraterno de Feliciano Centeno, mi hermano, y todas las joyas literarias que me regaló antes de irse; la grata Ketty G. con una tajada de torta y cantando el happy birthday y la flama de un encendedor en un pasillo de la universidad; la hermosa desnudez debajo de un traje traslúcido de quien en su día fue mi esposa en una habitación alquilada; cada presente de mi abuela Juana Hurtado, que a sus ochenta y cinco años aún me visitaba, aquel ser maravilloso que tuve el privilegio –tan corto– de conocer en mi vida, que la orientó siempre y estuvo ahí para que yo fuera testigo excepcional de su paso por este mundo. Y también el abrazo sincero de Róger, mi padre, y casi un golpecito suyo en mi rostro como si su hijo tendría que conocer el secreto que solo él guardaba, y, el deseo conmocionado de felicidad de Paula, mi madre, bañada en lágrimas a su único hijo al que ve como a un ser indefenso, temerosa de dejarlo solo en la vida.

Luego he pasado algunos con mis amigos entrañables de siempre, de toda la vida, que se han preocupado de que en ese día sea una suerte de privilegiado rey, pero al observar que mi reinado solo duraría un día, he desistido elegantemente, tratado a toda consta de pasarla tal cual, y, rechazado a beber tragos que jamás había probado, recibir dinero constante y sonante, almorzar en restaurantes de cinco tenedores o entre otros ir a casas de citas lujosas, como regalo una vez más inesperado. Y también ha estado la llamada ausente, la que nunca llegó, qué duda cabe.

Cuando era niño nunca tuve un cumpleaños como los otros niños, tortas, regalos y piñatas; pero fue diferente, siempre con la abuela Juana y mi madre junto a mí; y solo ahora que cumplo este múltiplo del seis, que es como si cumpliera seis veces seis, veo que ese niño –que se pintaba el rostro de azul, subía o bajaba cerros y arenales limpios como hojas en blanco, corría a comprar aceitunas para dejar a sus padres solos, y que caminaba las calles soñando con ser adulto– pensaba que su niñez sería eterna. Quizá por ello me dedicaba a pescar al caer la tarde dominguera en las riberas del río Lacramarca, primero con amigos, después ya solo o acompañado de mi perro Pelé, que siempre estuvo ahí bajo mi cuidado cuando en realidad él me cuidaba a mí. Era un perro tierno y mucho más viejo que yo a pesar de su juventud, y, según decía mi madre, tenía la sabiduría y la paciencia que le habían dado los años, esa que solo se adquiere en esta edad que he venido a cumplir.

Pero de otra parte muchas pueden ser las edades, pero uno solo el pasaporte: la vida. Lo cual no significa vivir, dado que ello lo puede hacer cualquiera, ni siquiera recibirla prodigiosamente bien. Vivir siempre ha sido –lo supe desde niño– saber saltar al extraño vacío, tener en cuenta que cada día es una tarea difícil pero extraordinaria e impostergable, así ese día sea de un ineludible cumpleaños. Nací a las tres de la tarde de ese siete de mayo de 1975, en una cama particular de la Maternidad de Santa María, allá en el puerto de Chimbote, en Perú, y quien me vio por primera vez fue doña María Pariacoto, la auxiliar de enfermería de esa clínica, que aun el paso de los años me considera como un hijo suyo. A mis treinta y seis años bien transitados con honor, no me arrepiento de cada acto vivido y con sumo orgullo puedo decir que cada situación experimentada ha sido consciente, a mucha honra. Llevo tanta vida consumada, consumida y constreñida en mí, que al paso por cualquier edad es como pasar por una ciudad que ya no me parece desconocida o sola, ni estoy solo, pues me atisban mis fantasmas, esos seres que alguna vez me acompañaron en carne viva pero que ahora pertenecen a un mundo fantasmal, a un panteón privado, a una memoria retentiva como una suerte de caja de Pandora eterna, de donde puedo sacar todo lo que me plazca sin cesar, con glorias y sin arrepentimientos. Y también me acompañan mis viejos amigos, los de siempre. Así sea. Lo he dicho alguna vez, y solo por vez primera, yo mismo me he dado mi feliz cumpleaños. Naceré y moriré otra vez a las tres de la tarde de este siete de mayo, y créanme estoy pasándolo bien. Muchas gracias.



© Róger E. Antón Fabián, es autor de la novela “El Paraíso Recuperado” (España).

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