Thursday, June 1, 2017

La visita

La visita
Dolores vivía en la habitación 116. Escribo “vivía” a propósito porque, a pesar de que era la habitación de un hospital, a menudo Lolita tenía que pasar encerrada, internada más de dos meses. Su puerta tenía un cartel que disuadía a casi todos los que pensaban en cruzarla, porque advertía que, para entrar, uno tenía que lavarse las manos hasta los codos, ponerse un cobertor en el rostro, guantes (todo un disfraz) y evitar tocar a la enferma. Y es que Lolita tenía fibrosis quística, una extraña enfermedad degenerativa que empieza atacando los pulmones y luego se esparce por todo el cuerpo, arrebatándole su fuerza “de a poco”, apagando la luz de la vida.

Fue en una de mis visitas al hospital en el 2012 cuando encontré el valor, la fuerza emocional de tocar a su puerta. Me había lavado las manos y me había puesto todas las protecciones impuestas. Entré no lo niego asustada, con angustia, y a pasos muy lentos. Fue cuando la vi, sentada en su cama de hospital, con su cabellera larga, color trigo, despeinada. Muy delgadita, sus huesitos indicaban muy poco peso corporal, tenía todo el pecho lleno de sensores que registraban su ritmo cardíaco, su frecuencia respiratoria y Dios sabe cuántas cosas más. Sus ojos eran pardos verdosos, de dulce mirar, inmensos, muy abiertos, alertos, como si no quisiera dejar escapar ni un instante de la vida que tenía por delante. Tenía 17 años.

Ese día hablamos por casi una hora, los que me conocen saben que soy muy conversadora, porsupuesto la que hablaba hasta los codos era yo, y trataba de hacerla reir, me quedé de pie frente a su cama, como queriendo mantener la distancia reglamentaria, pero por momentos se me olvidaba y casi dos veces tuve que controlar el impulso enorme de abrazarla. No le di la mano para saludarla, no le di un beso, cuando entré, y tampoco al despedirme. Se me hizo trizas el alma. No pude contener el llanto y me fui corriendo a esconderme al servicio de mujeres.

A la mañana siguiente, decidí volver a visitarla, ya que me encontraba en el hospital y soy muy intraquila, nunca me puedo quedar en el cuarto, siempre encuentro excusas para escaparme, las enfermeras ya me conocen. Una tía suya había llegado desde temprano para hacerle compañía, y parecía que ya habían conversado durante un rato largo cuando yo entré, entonces Lolita, se puso feliz de volver a verme. Estaba tomando una gaseosa (a escondidas). Pocos minutos después, llegó lo inevitable.

“¿Quieres un poquito? " heladita es deliciosa...

En menos de un segundo, pasaron por mi mente todas las normas de seguridad, los protocolos, la higiene hospitalaria… Luego, miré los ojos bien abiertos de Lolita, que seguía sonriendo, con el vaso en la mano. Entonces, me quité la mascarilla que tapaba mi boca, para que ella pudiera ver que yo también sonreía. Me senté a su lado en la cama y le dije que sí. Y durante una larga hora, dejamos que el tiempo y la Coca Cola fueran amigas, escuchándonos, riéndonos, contándonos nuestras vidas, nuestros anhelos, acaso nuestros sueños.

Esta historia no se trata de mí. Aquí, la que da la lección es la flaquita linda, mi amiga Dolores, Lolita. Nunca supe su apellido. Fue ella quien me enseñó de un amor que no sabe de leyes, de mascarillas y protectores, de discriminaciones, de distancias, de amenazantes puertas cerradas a los prisioneros de terribles enfermedades. Es un amor que se despoja de sus máscaras y seguridades para hacerse vulnerable frente al otro, atreviéndose a mirarlo a los ojos; un amor de amigo, libre, alegre, inocente, que pone en riesgo su vida para acercarse y compartir, para crear comunión mediante un gesto muy simple. Es un amor cuya medida es “amar sin medida”, como decía la Madre Teresa. Es el Amor de aquel Hombre que, “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”.
Dolores (Lolita) recibió el alta pocos días después. Aunque pregunté por ella a las enfermeras y doctores varias veces durante los meses que siguieron, y siempre recibí buenas noticias, nunca volví a verla. Lo único que espero, si Dios y la fibrosis quística aún lo permiten, es que Lolita siga amando la vida y viviendo el amor tan intensamente como me enseñó, sin saberlo, durante esa semana en que mi visita al hospital hizo que la conociera y apriendiera mucho con ella.

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