Friday, August 14, 2009

Para leer (de Paulo Coelho)


Una de mis amigas me hizo llegar este artículo que en principio no sabía quién lo escribió, pero ya casi terminada la lectura descubro que es Paulo Coelho... Olvidemos el autor, lee esto y dime si acaso no son sabias palabras:

«Los poetas de Cántico, lo primero que nos propusimos fue vivir.
Lo importante es la vida, la poesía ya vendrá por añadidura».
Pablo García Baena
Poeta Español


El acto de escribir – el lector

“Hay dos tipos de escritores: unos hacen pensar, y otros hacen soñar”, dice Brian Aldiss, que durante mucho tiempo me hizo soñar con sus libros de ciencia ficción. Pensando en su frase y en mi oficio, resolví escribir unas tres columnas sobre el tema. Me parece, en principio, que todos los seres humanos de este planeta tienen por lo menos una buena historia que contar a sus semejantes. Recojo a continuación mis reflexiones sobre algunos elementos importantes en el proceso de creación de un texto.

El lector
Todo escritor debe ser, antes que nada, un buen lector. Quien se aferra a los libros académicos y no lee lo que escriben los demás (y no me refiero sólo a libros, sino también a blogs, columnas de periódicos, etc.) nunca llegará a conocer sus propias cualidades y defectos.

Por lo tanto, antes de comenzar cualquier cosa, debes buscar a personas interesadas en compartir sus experiencias mediante la palabra.

Yo no digo: “Acércate a otros escritores”.
Sino: encuentra a personas con diferentes habilidades, porque escribir no se diferencia de cualquier actividad realizada con entusiasmo.

Tus aliados no serán necesariamente aquellas personas a las que todos miran, deslumbrados, y afirman: “Es el mejor”.

Muy al contrario: es gente que no tiene miedo de equivocarse y que, por eso mismo, se equivoca. Por la misma razón, no siempre se reconoce su trabajo. Pero estas son las personas que transforman el mundo, y que, después de muchos errores, logran algún acierto que revoluciona para bien la vida de su comunidad.

Son personas que no consiguen estarse de brazos cruzados, esperando que las cosas sucedan, para poder después decidir cuál es la mejor manera de contarlo: van decidiendo a medida que actúan, incluso sabiendo que eso puede ser muy arriesgado.

Convivir con este tipo de personas es importante para un escritor, porque éste debe entender que, antes de ponerse frente al papel, debe ser lo bastante libre como para cambiar de dirección a medida que su imaginación viaja. Después de escribir una frase, debe poder decirse a sí mismo:
“Mientras escribía, recorrí un largo camino, y ahora concluyo este párrafo con la conciencia de que arriesgué lo necesario, y di lo mejor de mí mismo”.

Los mejores aliados son los que no piensan como los demás. Por eso, mientras buscas a tus no siempre visibles compañeros (pues raramente se produce el encuentro entre el lector y el escritor), has de creer en tu intuición, y no le prestes oídos a los comentarios ajenos. Las personas siempre juzgan a los otros con el modelo de sus propias limitaciones – y a veces la opinión de la comunidad está llena de prejuicios y miedos.

Únete a los que nunca dijeron: “Hasta aquí he llegado, no puedo seguir”. Porque de la misma manera que al invierno lo sigue la primavera, nada puede parar: tras alcanzar el objetivo es necesario recomenzar, usando siempre todo lo aprendido en el trayecto.

Únete a los que cantan, cuentan historias, disfrutan de la vida, y tienen alegría en los ojos. Porque la alegría es contagiosa, e impide siempre que las personas se dejen paralizar por la depresión, por la soledad, y por las dificultades.

Y cuenta tu historia, aunque sólo sea para que la lea tu familia.

La pluma
Toda la energía del pensamiento termina manifestándose por la punta de una pluma. Desde luego, esta palabra podría sustituirse por otras como bolígrafo, teclado de ordenador, o lápiz, pero “pluma” es más romántico, ¿no es verdad?

Retomemos el asunto: la palabra termina por condensar una idea.
El papel es apenas un soporte para esta idea.
Pero la pluma permanecerá siempre contigo, y es necesario saber cómo utilizarla.

Los periodos de inactividad terminan haciendo falta: una pluma que no para de escribir al final pierde la conciencia de lo que hace. Por lo tanto, déjala descansar siempre que te sea posible, y preocuparte más de vivir y de reunirte con los amigos. Cuando regreses al oficio de la escritura, hallarás una pluma feliz, con toda su fuerza intacta.

La pluma no tiene conciencia: es una prolongación de la mano y del deseo del escritor. Sirve para destruir reputaciones, hacer soñar, transmitir noticias, formar bellas frases de amor... Por todo esto, procura ser siempre claro con tus intenciones.

La mano es el lugar donde todos los músculos del cuerpo, todas las intenciones del que escribe, y todo el esfuerzo para compartir lo que siente, se encuentran concentrados. No se trata únicamente de una parte de tu brazo, sino de una extensión de tu pensamiento. Toca tu pluma con el mismo respeto que un violinista tiene por su instrumento.

La palabra
La palabra es la intención final de todo el que desea compartir algo con sus semejantes.
William Blake decía que todo lo que escribimos es fruto de la memoria o de lo desconocido. Si alguien me pidiese a mí un consejo, le diría que respetase lo desconocido, y que buscara en sí mismo su fuente de inspiración. Las historias y los hechos siguen siendo los mismos, pero cuando abres una puerta de tu inconsciente, y te dejas guiar por la inspiración, ves que la manera de describir lo que viviste o soñaste es siempre mucho más rica cuando tu inconsciente guía tu pluma.

Cada palabra deja en tu corazón un recuerdo, y es la suma de estos recuerdos lo que conforma las frases, los párrafos, los libros.

Las palabras son flexibles como la punta de tu pluma, y entienden las señales del camino. Las frases no vacilan en cambiar de rumbo cuando descubren..., cuando vislumbran una oportunidad mejor.

Las palabras tienen la naturaleza del agua: rodean las rocas, se adaptan al lecho del río, a veces se transforman en un lago hasta que la depresión se llena, y pueden así proseguir su camino.

Porque la palabra, cuando ha sido escrita con sentimiento y alma, no olvida que su destino es el océano de un texto, y que más tarde o más temprano llegará hasta él.

El acto de escribir – final
Todo el mundo tiene una buena historia que contar, y forma parte de la naturaleza humana el compartir un poco de la experiencia personal con los demás.
Siempre habrá alguien interesado en lo que escribes.

De todas maneras, aunque no existiese tal persona, el placer de escribir ya merece la pena.
A medida que la pluma va trazando palabras en el papel, tus angustias desaparecen, y tus alegrías permanecen.

Hace falta tener valentía para mirar en lo profundo de uno mismo, y traer lo que se ha visto hasta el mundo exterior, y hay que tener aún más valentía para asumir que, un día, lo que escribiste podrá (y deberá) ser leído por alguien.

¿Y si se tratara de algo muy íntimo?
No te preocupes. Hace miles de años, Salomón escribió las siguientes palabras:
“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

Es decir: si hace miles de años no existía nada nuevo, ¡imagínate ahora! Nuestros sentimientos de alegría y angustia continúan siendo los mismos, y no hay por qué esconderlos. Y aunque no haya nada nuevo bajo el sol, permanece aún la necesidad de traducirnos todo eso a nosotros mismos, y a los de nuestra generación.

Jorge Luis Borges dijo en cierta ocasión que en realidad sólo hay cuatro historias que puedan contarse:

A] una historia de amor entre dos personas
B] una historia de amor entre tres personas
C] la lucha por el poder
D] un viaje.

De todas maneras, a lo largo de los siglos, los hombres y las mujeres continúan recontando esas historias, y ha llegado el momento de que tú hagas lo mismo.

A través del arte de la escritura, entrarás en contacto con tu universo desconocido y acabarás sintiéndote un ser humano mucho más capaz de lo que creías.

La misma palabra puede leerse de maneras muy diferentes. Escribe “amor” mil veces, por ejemplo, y en cada ocasión el sentimiento será distinto.

Una vez que las letras, las palabras y las frases están dibujadas en el papel, la tensión necesaria para que eso ocurriera ya no tiene razón de ser.

Por consiguiente, la mano que las escribió reposa, y sonríe el corazón del que se atrevió a compartir sus sentimientos.

Si alguien pasa al lado de un escritor que acabó de terminar un texto, pensará que tiene una mirada vacía, y que parece distraído.

Pero él –y solamente él- sabe que arriesgó mucho, que consiguió desarrollar su instinto, que mantuvo la elegancia y la concentración durante todo el proceso, y que ahora podrá darse el lujo de sentir la presencia del universo, y comprenderá por fin que su acción fue justa y merecida.

Los amigos más cercanos saben que su pensamiento cambió de dimensión, pues ahora está en contacto con todo el universo: continúa trabajando, aprendiendo todo lo que ese texto trajo de bueno, corrigiendo los eventuales errores, aceptando sus virtudes.

Escribir es un acto de valentía. Pero merece la pena arriesgar.

Nosotros y los críticos
Lee biografías: nadie escapó, en ningún campo. Desde James Joyce, a quien el respetable periódico "The Times" tildó de pervertido, hasta Orson Welles, el genio del cine, de quien Umberto Eco dijo que era una persona mediocre.

Sigue adelante. Porque corresponde a los escritores escribir, a los lectores leer, y a los críticos criticar. Barajar estas funciones sería, como poco, desaconsejable. No obstante, prácticamente todos los días recibo algún mensaje electrónico de gente que se siente personalmente atacada cuando encuentran en la prensa algún comentario negativo contra mí.

Yo agradezco estas muestras de solidaridad, pero siempre explico que eso forma parte del juego.

Me han dedicado ya innumerables críticas desde que escribí El Alquimista (El peregrino de Compostela (Diario de un mago) apenas llamó la atención de la prensa, a excepción de algunos reportajes que hablaban del escritor, pero casi nunca hacían referencia al contenido del libro).

Conozco casos de muchos escritores que alcanzaron un enorme éxito de público, pero que, al recibir la inevitable lapidación de la crítica, tuvieron dos tipos de reacciones. Una es la de no conseguir publicar ningún otro libro: este fue el caso de El Perfume, de Patrick Süskind.

En esa época, su editor (que también es mi editor en Alemania) publicó dos páginas completas en los periódicos locales –una con la crítica, que había atacado mucho la obra, y otra con las opiniones de los libreros, entusiastas del libro.

El Perfume llegó a ser uno de los mayores éxitos de librería de todos los tiempos. Poco después, Süskind publicó una colección de relatos y dos obras que había escrito antes de su gran éxito, y desapareció de la vida pública.

La otra reacción común, es que los escritores se intimiden e intenten agradar a la crítica en su próximo lanzamiento. Susanna Tamaro había obtenido un inmenso reconocimiento del público (y una avalancha de ataques de la crítica) con Adonde el corazón te lleve.

Su siguiente libro, Anima Mundi, muy esperado por sus lectores, sustituyó la poesía sencilla y maravillosa del título anterior por una complejidad que le hizo perder a sus lectores fieles, y que tampoco logró agradar a los críticos.

Otro ejemplo es el de Jostein Gaarder. El mundo de Sofía logró un éxito planetario, porque era capaz de abordar la historia de la filosofía de una manera directa y agradable. Pero eso no les gustó ni a los críticos ni a los filósofos. Gaarder empezó entonces a complicar su lenguaje, y acabó siendo abandonado por los lectores, aunque continuase siendo detestado por los críticos.

Por lo que veo, en los párrafos anteriores me he puesto también a juzgar. ¿Por qué? Es que criticar es algo facilísimo – lo que es realmente difícil es escribir libros.

En El Zahir, el personaje principal (un escritor brasileño famoso) dice que es capaz de adivinar lo que se dirá exactamente sobre su nuevo libro, que aún no ha sido publicado: “Una vez más, en los turbulentos tiempos en los que vivimos, el autor nos hace huir de la realidad”. “Frases cortas, estilo superficial”. “El autor ha descubierto el secreto del éxito: el marketing”.

Al igual que el protagonista de El Zahir, yo nunca me equivoco en estas cosas. Realicé una apuesta con un periodista brasileño, y acerté plenamente.

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