Monday, January 27, 2014

37 meses de duelo

37 meses de duelo, es tiempo de salir de nuevo, de vivir... Hoy el susurro angelical de mi alma me dijo suavemente que tenia que evocar los momentos gratos que vivimos con la persona que murió y sus cualidades ya que reduce la nostalgia ...y disipa poco a poco el dolor. La mente es una gran aliada en esos momentos, pero también una enemiga silenciosa, ya que puede hacernos mantener vivo el dolor en vez de llevarnos a la aceptación pensando en lo bueno. Nunca pude imaginar tanto dolor, tantas noches mojando mi almohada. He llorado mares, lagos, lluvias y mantantiales. Pero tengo que dejar de llorar. El tiempo es nuestro gran aliado, y orar, orar mucho es la gran y mejor medicina. Sobre todo reconocer el regalo que nos dejan. Cuando un ser querido se va, nos deja un gran regalo para ayudarnos a vivir mejor; a crecer, a madurar, a valorar cada segundo, cada experiencia... por ejemplo, nos hará descubrir nuevas maneras de usar la libertad, a ser más autosuficientes y a revalorar la vida y a la gente. Tantas personas maravillosas de mi vida ya partieron. Que falta me hacen. Tengo el recuerdo de sus voces, de sus risas, de tantos momentos vividos. Moran en mi memoria, en los gatos de mi azotea como los llama Rafo Leon, en mis largas depresiones, en mis noches de insomnio. Felizmente que existe la escritura, el idioma, el teclado despintado de mi vieja laptop que pide a gritos que alguien venga a darle mantenimiento pero que sigue fiel y expresiva. Me dijo: sal de la cueva, camina por la orilla del mar, estira tus brazos, suspira aliviada, da las gracias porque eres una ganadora ante los ataques de los espiritus malignos, y me siento en la arena mojada, con un palito escribo en la arena... Dios, paz, amor, salud, vida, gracias... mis manos juegan con la espuma del mar, me invade una renovada felicidad, es tiempo de seguir navegando sin temor a la tempestad de la vida, sin permitir que el alma envejezca como la piel. Se acerca mi nieto, me da un besito, de esos que te hacen sentir la grandeza del amor de Dios, jala mi mano y me dice "vamos a buscar delfines".

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